Mis pies no tienen piel, son solo costra y miedo,
un rastro de sangre que se congela en el hielo.
Llevo al niño en la espalda, mi único y frágil destino,
mientras el cielo se cae en pedazos sobre el camino.
Buscamos el sur, un sol que no sea una herida,
huyendo del trueno, protegiendo la vida.
Las estrellas se apagan, ya no saben guiar,
somos polvo que camina sin saber dónde parar.
¿Cuánto falta para el fuego? ¿Cuánto falta para descansar?
La manada se hace chica, el invierno no sabe perdonar.
¡Estamos migrando! ¡Buscando una casa!
Ayer tras el mamut, hoy tras lo que pasa.
Un mapa de barro, un mapa de espectros,
el mismo cansancio, el mismo final.
Lloramos por dentro un llanto de sal,
mientras el alma se borra en el reino del frío.
Mi pulso no tiene piel, es solo un punto azul,
parpadeando en la sombra de esta habitación-baúl.
Migro de pestaña, de perfil, de mentira,
mientras afuera el mundo, sin que lo vea, gira.
Tengo mil amigos, pero nadie me abraza,
el Wi-Fi es el hilo de esta soledad que arrasa.
Mis pies no caminan, pero el alma está rota,
de naufragar en datos, de ser solo una nota.
¿Cuánto falta para el vínculo? ¿Cuánto falta para sentir?
La batería se agota, y no sé cómo salir.
¡Mira mis manos! ¡Están vacías!
Ayer por el hambre, hoy por la agonía...
De ser un fantasma en mi propio presente,
migrando al olvido, entre tanta gente.
¡El mapa dice que llegué al destino,
pero estoy más perdido que en el viejo camino!
¡Estamos migrando! ¡Buscando una casa!
Ayer tras el mamut, hoy tras lo que pasa.
Un mapa de barro, un mapa de espectros,
el mismo cansancio, el mismo final.
Aullamos de pena, un llanto total,
porque ya no hay estrellas que nos quieran salvar.